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Florencia (Toscana), Italia

David de Miguel Ángel

En otoño de 1504 los florentinos asistieron a un evento excepcional: después de cuatro días de viaje por los caminos de la ciudad, transportado con los cuidados dedicados sólo a los grandes acontecimientos, dentro de una jaula de madera que se movía sobre vigas untadas de grasa, llegaba finalmente a su meta, Plaza de la Señoría, lo que fue inmediatamente celebrado como una de las más grandes obras de arte del Renacimiento: David de Miguel Ángel.

En realidad, la estatua se debería haber expuesto en la Catedral, pero luego fue considerada de valor tal de merecer una colocación más conmemorativa.

Los documentos nos hablan del inmenso estupor y de la maravilla que el pueblo florentino manifestó cuando la descubrieron. ‘Quitó el grito a las estatuas antiguas y modernas’, escribe Vasari, autor de una célebre biografía del artista, porque jamás se había visto en Florencia ni en ningún otro lado una obra tan magnificente, en su manifiesta expresión de consciente potencia. Los florentinos, que rápidamente lo bautizaron el “gigante” de Miguel Ángel, lo consideraron la más explícita representación del espíritu de la Nueva República, que en 1494 había expulsado a los Medici de Florencia. Cuando realizó David, Miguel Ángel no tenía ni siquiera treinta años, pero ya había realizado obras de gran valor, como el Tondo Doni (o sagrada familia), que hoy está en los Uffizi. El éxito de David fue tal que Miguel Ángel fue llamado a Roma por el Papa, Julio II, para el cual realizaría la famosa Capilla Sixtina.

La Florencia en la cual nació Miguel Ángel era la ciudad de arte y comercio que conocemos como centro propulsor de ese movimiento de renacimiento cultural, llamado justamente Renacimiento. Había conocido artistas como Giotto, Masaccio, Donatello, mas es sobre todo en Miguel Ángel, aparte naturalmente de Leonardo, que Florencia individualiza ese genio inigualable apto para representar de la mejor manera su indiscutido primado cultural.

Miguel Ángel da sus primeros pasos en las artes en el taller de un famoso pintor, Domenico Ghirlandaio, el cual inmediatamente comprende su talento excepcional. Pero, Miguel Ángel, que rápidamente hace ver su carácter irritable y arrogante, no quiere seguir las enseñanzas de su maestro, o sea de pintar de manera demasiado académica y decorativa. Lo que más le gusta es hacer emerger la naturaleza que está dentro de las formas humanas, lograr examinarla minuciosamente y representarla, en el dibujo y la escultura. Como Leonardo antes que él, estudia la anatomía humana usando los cadáveres arrebatados de los cementerios, y, sobre todo, en la renombrada escuela de escultura que Lorenzo dei Medici ha puesto en actividad en su jardín, donde los escultores más dotados pueden observar las esculturas griegas y romanas de su riquísima colección privada. Estamos hablando de Lorenzo el Magnífico, el príncipe renacimental por excelencia, en cuya corte se encuentran científicos, filósofos, artistas y literatos. Miguel Ángel, en este ambiente extraordinario, tiene la oportunidad no sólo de poder estudiar como escultor, sino también de conocer a los máximos representantes de la cultura de ese tiempo.

Después de una breve estadía en Roma, vuelve a su Florencia, hallándola muy cambiada: bajo el impulso del predicador dominicano Girolamo Savonarola, luego sentenciado a la hoguera, los florentinos han expulsado a los Medici y han proclamado un gobierno republicano, con sede en el Palacio Viejo, en Plaza de la Señoría. No obstante sus precedentes relaciones con los Medici, la Ópera del Duomo le encomienda una importante obra: la de realizar, de un elemento de mármol ya esbozado por intervenciones precedentes y abandonado en la catedral, una estatua de David, el héroe bíblico que desafió al gigante Goliat y que ganó con astucia. Miguel Ángel acepta el desafío con entusiasmo. Su naturaleza compleja lo llevaba a privilegiar los proyectos difíciles con respecto a los más seguros y de éxito descontado, y quiere demostrar que de ese bloque de mármol deforme, ya perjudicado por las manos de otros, hará emerger una obra digna de su fama.

Miguel Ángel emplea tres años para finalizar la estatua de David. Esta obra grandiosa lo confirmará como el más grande escultor de Florencia y no sólo.

Ese día de 1504, lo que los florentinos descubren es una obra maestra sin igual. Es un gigante de casi cuatro metros y medio de altura, y es el primer desnudo de grandes dimensiones esculpido después de la época antigua, puesto que nadie quería confrontarse con las obras maestras de griegos o romanos. Mas, si bien recuerda modelos antiguos, el David es atrevidamente anticlásico. Su postura, si bien expresa un perfecto equilibrio, alude al movimiento, con el talón izquierdo levantado del suelo. Su actitud es enérgica, insolente y, sobre todo, dotada de vida interior como ninguna otra correspondiente estatua clásica. Debajo del aparente equilibrio, el David reprime una gran energía y una gran tensión.

Miguel Ángel, además, tuvo una idea genial: no muestra a David después de haber derrotado a Goliat, triunfante sobre la cabeza cortada del coloso, según la iconografía típica, mas en un momento impreciso, tal vez inmediatamente posterior a la victoria. A Miguel Ángel, en efecto, no le interesa representar la acción, sino la posibilidad de cumplirla y prefiere mostrar la fuerza de David en potencia, más que en la evidencia de la narración histórica. Una fuerza que se expresa en la excepcional vitalidad de la mirada de desafío, bajo las cejas fruncidas, y en la tensión muscular, representada en una minuciosa manifestación de los detalles anatómicos. Y tanta es la atención a la descripción escrupulosa de la anatomía que Miguel Ángel interviene sobre la estatua incluso después que la figura fue colocada en su lugar, para valorizar los efectos plásticos a la luz del día.

Miguel Ángel, además, adoptó un ingenioso estratagema, el de conferir autoridad al personaje a través de una intencionada desproporción de algunas de sus partes: las manos, nudosas y de extraordinaria belleza, y la cara que, junto al cuello, es más grande que la mitad del busto. Es justamente en las manos y en la cara que más se expresan las virtudes del hombre universal, es decir la fuerza física y la razón del intelecto. Toda la obra representa, en este sentido, una perfecta síntesis del Renacimiento florentino.

Expuesto en la Plaza más importante de la ciudad, y delante de la sede de sus gobiernos, David de Miguel Ángel muchas veces corrió el riesgo de ser gravemente dañado. En 1872, finalmente, se decidió llevarlo a la Galería de la Academia, en una sala proyectada a tal efecto donde está todavía hoy, mientras que en 1910 se colocó una copia en la sede original de Plaza de la Señoría.

Pintor, arquitecto, literato, Miguel Ángel se consideraba principalmente escultor: y es exactamente en la acción del escultor que golpea el mármol con el cincel, en el esfuerzo de hacer brotar de la materia la idea primaria, el concepto universal, donde se reconoce su inigualable genio y la razón por la cual, como dice Vasari, su fama vivirá siempre gloriosa, a despecho de la muerte.